Oye rubito; tú vas a ser el eje del equipo

Emilio Nadal

-¡Oye Rubito; tú vas a ser el eje sobre el que gire el equipo esta temporada. Lo tienes claro. Pues ya lo sabes! Esta conversación, que podría ser literal o muy cercana, se produjo durante el verano de 2003. La acción se sitúa en Biescas, en el corazón del Pirineo Aragonés, en plena concentración estival de la escuadra azulgrana previa al inicio de la competición en Segunda División A. Los protagonistas fueron Manuel Preciado y Alberto Rivera. El técnico, recién instalado en el universo granota, sabía del efecto diferencial del fútbol propuesto por Riverita. Así que el preparador apeló a mecanismos psicológicos para activar la conciencia del mediocentro y su ascendente sobre el colectivo.

Lo cierto es que Rivera parecía aplicar el Principio de Arquímedes al fútbol. Aquello de que todo fluido sumergido experimenta un empuje hacia arriba podía parangonarse con el desarrollo de su carrera. Rivera se negaba a conformarse con una posición de secundario en el fútbol por más que el fútbol se empeñaba en atormentar su psique. En ese sentido, era un adalid de la rebelión como demostró en su estancia en Orriols. Rivera parecía condenado a dignificar la esencia del balompié, pero tuvo que convivir con gigantes de ocho cabezas que parecían cerrarle el paso. No eran estetas, ni aventajados del fútbol, pero parecía que la disciplina estaba bajo los efectos del músculo y de la fortaleza descomunal por encima de otras cuestiones que resultan fundamentales para la práctica de este deporte como la imaginación o la fantasía.

Los técnicos se decantaban por este perfil más robusto y, en ocasiones, cavernícola. Y Rivera tuvo que sufrir la incomprensión y el destierro. Fue un período de penumbras y de sombras que amenazaban con engullir a un futbolista de clase suprema y de toque delicioso que parecía oscurecido por un físico más liviano. Su cuerpo menudo parecía enclaustrarle, pero habría que recordar que al fútbol se juega con las piernas, pero principalmente con la cabeza. Y su mente era diáfana y clarividente y mucho más veloz en la resolución y en determinación que la del resto de sus compañeros de oficio, por más que tuvieran cinco cuerpos más y una caja torácica muy superior aunque únicamente en volumen, que no en fortaleza y en capacidad de sacrificio.

Rivera decidió guiarse por las estrellas y por el viento. Y recaló en el Levante. Cuando parecía condenado al ostracismo, después de una aparición fugaz por el Real Madrid, todavía en minoría de edad, y tras una reiteración de cesiones que, lejos de abrillantar, empequeñecieron su figura, Rivera emergió con la fuerza de un náufrago que visiona en la lejanía un bote. Lo hizo con Preciado instalado en el banquillo en el curso 2003-2004. Hay entrenadores capaces de absorber lo mejor de cada jugador. Preciado comprendió a Rivera desde que sus miradas se cruzaron. Y Rivera entendió lo que le proponía Preciado. La complicidad era absoluta. Cuando se trata de maximizar el fútbol no hace falta realizar sesudos tratados para llegar al quid de la cuestión. Los dos hablaban el mismo idioma.

Había alquimia entre ambos. El Levante fue el gran triunfador de esta asociación repleta de química. “¡Rubito, tú serás mi baby!”,le dijo el entrenador aquel verano cercado entre las montañas del Pirineo Aragonés. Y el rubito de pelo ensortijado respondió. Rivera argumentó esa confianza en el marco de un ejercicio que concluyó con el ascenso a Primera. Trufó el curso con once goles que silenciaron a aquellos que dudaron de su capacidad anotadora, lideró al grupo con personalidad contradiciendo a aquellos que advertían que estaba exento de dotes de mando, mostró su versión más poliédrica instalado en el centro de medular, en la mediapunta o en la banda derecha oponiéndose a los que afirmaban que era un futbolista sin un puesto fijo y adquirió una pátina de brillo y de compromiso que le instaló en el panegírico de los mitos del levantinismo.

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