El Levante se exhibe y desgarra al líder de la Liga Holandesa

Emilio Nadal

Llovía sobre el Ciudad de Valencia con virulencia mientras el Levante se exhibía ante el líder de la Liga Holandesa. La lluvia, copiosa y generosa, calaba hasta los huesos de los más de ocho mil aficionados que se desplazaron al coliseo de Orriols para disfrutar de un triunfo que se antoja histórico por el escenario en el que se consiguió, el marco de la Europa League, y la enjundia de un oponente con infinidad de horas de vuelo por el Viejo Continente. La lluvia, que cayó mientras avanzaba el enfrentamiento, se convertía, quizás, en un símil recurrente para determinar los caracteres del Levante cuando se posiciona sobre verde y la forma que presenta de madurar los duelos hasta agitarlos y romperlos en mil pedazos. Al igual que el desgaste que produce la lluvia, el Levante fue royendo el alma del Twente hasta confundirlo. No hay armisticios en sus movimientos. Es un equipo de ideas fijas. Se trata de un proceso muy lento, casi artesanal en su elaboración y maduración durante la evolución de los noventa, destinado a oxidar a su enemigo, pero que ofrece unos réditos de un valor incalculable, a tenor de los resultados. Los goles de Michel y Pedro Ríos acabaron por desesperar a un grupo ortodoxo en la elaboración del juego ofensivo, aunque quizás algo más cándido en los argumentos ofertados en la zona que compone la retaguardia.

La confrontación fue trepidante en su epifanía. Gekas chocó con el meta holandés nada más saltar al campo y la grada contuvo la respiración tras el obús lanzado por Castaignos que perforó la portería de Keylor, si bien el colegiado decretó fuera de juego posicional de un atacante del Twente. Con anterioridad, Orriols reclamó la caída de Diop en el interior del área rival. El partido iba de un espacio al otro del campo. Había velocidad y chispa, pero el Levante no es un equipo con tendencia a la descomposición. Es más bien un bloque de esqueleto fuerte y tiene vocación de ilusionista ya que es capaz de arrastrar a su contrincante hacia el abismo sin que se entere hasta que ya se ha precipitado sobre la negrura del infinito.  Es una evidencia que la escuadra azulgrana sabe competir y que entre sus virtudes más manifiestas y principales aparece la paciencia; una perseverancia supina para entretejer una tupida tela de araña sobre la que envolver y engullir a su rival.

No se perdió el bloque que preparaba Juan Ignacio Martínez en contemplaciones cuando el Twente comenzó a merodear por las cercanías de la portería que defendía en competición europea Keylor, aunque quizás ese dominio, fuera del disparo que hizo temblar el arco del meta costarricense, y del gol anulado, fuera más una ficción que una realidad puesto que no resulta posible contabilizar ocasiones supremas ante Navas. No obstante, al Levante le costó hilvanar su juego ofensivo en el primer acto de la confrontación, pese al desaforado trabajo de Diop, un futbolista que crecía conforme se suceden los minutos, e Iborra en la medular. Michel cambió la escenografía del encuentro en la reanudación. Douglas tocó el balón con las manos en el interior del área y el correspondiente penalti lo transformó el futbolista de Burjassot con temple y determinación; dos aspectos básicos para patear con éxito desde los once metros.

Michel se confirmó como una de las grandes atracciones de la temporada. No era un neófito en la elite, pero se comportó con una sabiduría impropia para un recién llegado al ecosistema azulgrana. En Getafe arrasó a Moyà desde la lejanía. Frente al Twente descerrajó la confrontación. Y ya se sabe cómo se mueve el Levante con el marcador a su favor; por exiguo que sea. El Twente había caído en una trampa que ya se atisbaba mortal en ese momento. Parecía estar en condiciones de negociar el duelo y, sin embargo, hincaba la rodilla como lo hacían los vasallos ante su señor en la Edad Media en el juramento de una fidelidad que se perpetuaba. El Levante mostró su versión más fundamentalista a partir de ese instante. Juan Ignacio optó por agitar más el partido con la presencia de Rubén y Ángel. Resguardada la meta de Keylor, con Ballesteros y Héctor Rodas, un jugador muy aprovechable como demostró con hechos, imponiendo orden, el Levante comenzó a tejer contras letales. Atormentado, tras sentirse el dueño del encuentro durante algunos minutos, el Twente llegó a la confusión total y comenzó a dar síntomas de inanición mientras Pedro Ríos alzaba a la grada con dos goles que situaron al Levante pisando los talones del Hannover por el dominio del Grupo L de la Liga Europea. 

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