El Levante, el azote de las redes rivales tras lograr 101 goles en el curso 53-54

Emilio Nadal

El gol fue una osada declaración de intenciones; un auténtico credo sumamente revelador de las pretensiones de un grupo que logró superar la frontera de los cien goles en una temporada realmente histórica. El registro, por el fondo y las formas que genera, advierte de la furia devastadora evidenciada por el colectivo azulgrana cada vez que se aproximaba con el cuero a las inmediaciones del área de su rival. Aquel bloque, que dirigía desde el banquillo Rafael Arnal, en los primeros años de la década de los cincuenta, se manifestaba con una aniquiladora virulencia cuando se trataba de citarse con la suerte suprema de la disciplina del balompié. No había armisticio posible. Ni una repentina bruma que nublara el pensamiento unidireccional de los atacantes azulgranas.

Tampoco había síntomas de una paz duradera sobre la conciencia de sus adversarios una vez arrancaba el encuentro. Así que cada partido se convirtió en un reto y en un desafío general añadido para una escuadra que fue dejando un reguero de tantos a su paso por el pasto verde. El gol fue una penitencia flageladora durante la evolución de aquella temporada, que se desarrolló en el marco de la Tercera División, para sus oponentes; una manera de mortificar a los rivales, y una fórmula para desactivar la personalidad de cada uno de sus contrincantes. La iconografía del gol, ante la reedición de conmemoraciones, se convirtió en la imagen, pero también en una marca y en una patente, del ejercicio 1953-1954. 

Es evidente que el gol fue la gasolina de aquel bloque; su razón de ser como representación sobre el césped. Las dianas alcanzadas fueron modelando la proyección de un bloque que finiquitó el ejercicio liguero con el ansiado ascenso a la categoría de Plata después de quedarse a las puertas del retorno al segundo escalón del fútbol en la temporada inmediata en la secuencia temporal. Paradojas del destino, el Levante quedó huérfano de esa posibilidad por una simple y matemática diferencia de goles con respecto a su oponente. Únicamente la distancia de dianas entre el España y el Levante desposeyó a la entidad granota de su objetivo. Un año más tarde la institución se redimió y los dígitos logrados fueron ultrasónicos.

Y no hubo peajes intermedios, ni promociones funestas para lograr dimensionarse en la clasificación. La escudería blaugrana firmó ciento un goles en los treinta y cuatro partidos que marcaban el calendario. Su capacidad goleadora fue realmente asombrosa. El Levante rozó una media cercana a los tres goles por confrontación disputada. Su cita con el gol fue un compendio de regularidad. De hecho, únicamente en un duelo quedó su expediente anotador sin alterar. Fue en Hellín ya en las jornadas finales la segunda fase de la competición cuando el camino hacia la división de Plata estaba totalmente liberado de impurezas. El equipo granota festejó un gol cada treinta minutos. Enganchado a esos guarismos abrazó veintiuna victorias y nueve empates.

Es irrefutable que todo tiene un principio y un final. Morera y Fayos fueron el alfa y el omega del relato anotador del combinado de Rafael Arnal. El veterano atacante de Silla estrenó el marcador en la confrontación inaugural del ejercicio frente al Gandía en la Ciudad Ducal. Fayos cerró la secuencia en Villena en un partido de escaso contenido para una agrupación que ya había conseguido cumplimentar los objetivos establecidos por la Junta Directiva que presidía Antonio Román. En ese sentido, habría que regresar al período estival de 1953 para establecer el dogma inquebrantable de una temporada contextualizada por el anhelado ascenso a Segunda División. En ese punto de la cronología estaban muy próximos los recuerdos de los acontecimientos que habían sumido a la institución en la desazón tras la experiencia fallida que supuso afrontar la Promoción hacia a la categoría de Plata junto al España de Tanger, Córdoba y Calvo Sotelo.

Sin embargo, Antonio Román desterró cualquier atisbo de incertidumbre para estructurar un nuevo proyecto que borrara del rictus de los aficionados azulgranas la profunda huella que suele significar la decepción. Aquel verano parecía abrasar el espíritu indómito que caracterizaba a la institución. La pérdida del escenario de Vallejo parecía abocar al club a un trágico destino. El pleito con la familia Vallejo era una seria amenaza. Sin una instalación en condiciones era una auténtica quimera competir. No obstante, el presidente mantenía el oremus y en cada una de sus apariciones en público en los distintos medios de comunicación valencianos, principalmente a través de la prensa escrita, mantenía la calma apelando a la concordia de las distintas fuerzas vivas del levantinismo para encontrar una solución satisfactoria. Mantener incólume el alma y la esencia de Vallejo quizás fue el primer triunfo del ejercicio.

En el seno de aquel colectivo que lideraba Rafael Arnal, el entrenador más joven de la Tercera División, encontraron refugio diversos perfiles que se alejaban en virtud de la profundidad que determinaban sus currículums. Quizás Morera y Sampedro establecían los contornos más antagónicos. Morera superaba la frontera de los treinta años cuando decidió emprender la aventura que significaba ceñirse la camiseta azulgrana. Nacido en la localidad valenciana de Silla en 1920 tuvo una carrera trashumante. Con sus botas como principal equipaje, no tuvo inconveniente en cruzarse la península ibérica para dejar su estela en clubes tales como Sevilla, Betis, Murcia, Barcelona, Valencia o Granada. Es incuestionable que se convirtió en uno de los iconos de aquel Levante instalado en el eje del ataque.

No había secretos que desconociera de su profesión. El tiempo, en este caso y aunque sea una contradicción, jugaba en su favor por el poso y las capas de sedimento que proporcionaron a su fútbol. Sampedro era uno de los jugadores más imberbes del plantel compuesto. Junto a Fayos, Gandía o Juan Simón representaban la promoción de 1934. Eran unos neófitos en un cosmos complejo. Apenas si contaban con veinte años y sus alforjas estaban repletas de ilusiones y de multitud de sueños por conquistar con un balón redondo pegado a sus pies. Un joven e inexperto Sampedro se iniciaba en un intrincado ecosistema que le proporcionó notoriedad y prestigio y que le permitió mudar la elástica azulgrana del Levante por el emblema del F.C. Barcelona unos años después por el módico precio de 300.000 mil pesetas. Morera veía de cerca el final de la senda mientras que Sampedro estaba desbrozando de maleza el camino.

Al calor de los goles que iban cayendo durante la temporada se fueron perfilando cambios en aquella España de la dictadura. A finales de agosto de 1953 el gobierno de Franco firmó el Concordato con la primera potencia espiritual; el Vaticano. La Santa Sede legitimaba el gobierno de Franco. No era una cuestión filantrópica. A cambio lograba desmesurados privilegios para la iglesia. En los albores de la competición, en el mes de septiembre, la España Franquista rubricó la entente con Los Estados Unidos. En un contexto marcado por la Guerra Fría, y la lucha antitética de pareceres entre USA y Rusia.

Franco logró el apoyo de una gran potencia mundial, si bien entre los acuerdos alcanzados tuvo que aceptar cesiones de soberanía y la presencia americana en territorio español. Las divisas americanas, no obstante, provocaron un relativo despegue económico. Esa tendencia aperturista se consolidó con la admisión de España en la ONU, el ingreso en la OECE que le guio hasta el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Los años oscuros de la temida y despiadada autarquía se difuminaban, pero el régimen no estuvo a salvo de contingentes durante ese espacio como muestran las revueltas estudiantiles de 1956 y las huelgas focalizadas en las áreas industriales del País Vasco y Barcelona.  

Ajeno a aquella realidad, o quizás sin perderla de vista, el equipo jugaba prácticamente de memoria. En aquel viejo fútbol no había permutas, ni variaciones sustanciales en el once. De hecho, no era posible modificar la alineación inicial con el partido en recorrido. Joaquín Navarro resguardó el marco azulgrana durante la totalidad de la Liga. No se descabalgó de la portería durante los treinta y cuatro partidos. Un once clásico fue el integrado por el arquero valenciano, con tres defensores por delante; Martínez, Moreno y Enrique Navarro. Casanova y Romaguera componían el eje de la medular con cinco jugadores por delante con una clara vocación atacante; Fayos, Simón, Morera, Sampedro y Antoñito.

Es evidente que el Levante partía con las hélices desplegadas y que aquella predisposición táctica, el famoso WM, premiaba el gol. Hasta cinco futbolistas prosperaban por las cercanías del gol. Aquel equipo tenía dos jugadores pegados a la cal con la principal vocación de centrar (Fayos y Antoñito), dos interiores que actuaban como enganches (Sampedro y Simón), y un delantero centro a la antigua usanza como era Morera. Joaquín Navarro, Moreno, Romaguera, Fayos, Morera y Sampedro superaron la treintena de partidos. Fueron la columna vertebral del colectivo.

El meta Navarro y García Mulet conformaron la cara y la cruz durante la evolución del curso. El arquero completo el ciclo de la Liga mientras que el atacante únicamente se alineó en una ocasión ante el Peña Soriano. Según los datos que obran en poder del club, a través de las fichas de las confrontaciones, Morera fue el máximo exponente anotador del grupo. Fue el azote del gol con la suma de treinta goles, si bien otros registros cifran en treinta y dos su aportación en materia goleadora. Fayos alcanzó veintitrés mientras que Loyola firmó quince dianas. Sampedro celebró diez goles, Amat siete y Antoñito seis. Casanova, Piñeiro, Gandía, Simón, Rodríguez y Rey formaron parte de la nómina del gol con aportaciones menores.    

Las goleadas se sucedieron en el transcurso de una temporada triunfante. Quizás el duelo entre el Levante y el Alzira sirviera de prólogo. El choque, adscrito a la cuarta jornada de la competición, concluyó con una convincente victoria de la escuadra local (4-2). Unas semanas más tarde, el Elche abandonó Vallejo apesadumbrado después de encajar ocho goles (8-1). El Elche no era un rival menor. Ostentaba la tercera posición en la tabla. La aventura advertía de la amenaza de la representación granota. El Levante se lanzó al abordaje tras el gol ilicitano y cerró el primer acto con cuatro goles en su zurrón. No obstante, los atacante granotas se excedieron con el guardameta del Aspense.

“En Vallejo hubo lluvia de goles”, recreó Las Provincias. Morera obtuvo su primer hat-trick del ejercicio ante la escuadra alicantina. Y rubricó dos capítulos adicionales en Catarroja y frente al Albacete. Antoñito, también con la consecución de tres dianas, Fayos, Simón, Sampedro y Rodríguez firmaron una victoria colérica (10-3) en el feudo de la calle de Alboraya. “Esta temporada, sin agobios, con sobra de goles, el Levante lleva un camino de conduce a Segunda División”, advertía la crónica de ESECE en Las Provincias. Y el Yeclano, Eldense y Albacete comprobaron la vehemencia de la retaguardia azulgrana cuando convergían la totalidad de sus integrantes (6-0). La goleada ante el Albacete fue la metáfora de un ascenso anunciado que se confirmó el 9 de mayo ante el Orihuela (2-0). Una semana más tarde en Villena, la escuadra de Arnal sobrepasó el centenar de dianas.

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