El Castilla aterriza en el Nou Estadi pendiente de la Final de la Copa del Rey

Emilio Nadal

Podía haber sido un encuentro más; sin mayor transcendencia, vinculado a la secuencia temporal de la cronología de ejercicio 1979-1980, pero, de repente, adquirió una pátina de brillo un tanto inesperada. El envoltorio del partido advertía de ese condicionante. El duelo reunía a dos equipos vinculados al universo de la Segunda División, pero uno de ellos tenía una cita con la historia apenas unos días después. Aquel Castilla que dirigía desde el banquillo Juanjo miraba de reojo la confrontación ante la escuadra granota. Tenía un desafió mayor que lo propulsaba. El filial del Real Madrid aterrizó en el Nou Estadi en la tarde del domingo uno de junio de 1980 con la condición de finalista de la Copa del Rey.

La gran Final estaba programada para unos días más tarde en el coliseo del Santiago Bernabéu frente al Real Madrid. Padre contra hijo con noventa minutos apasionantes, pero en el tiempo antecedía, de forma obligatoria, la confrontación ante el Levante. Los directivos de la sociedad azulgrana olisquearon que el envite podía explotarse desde un prisma económico. El Castilla, pese a su condición de filial, tenía mucho tirón. Su temporada fue magnífica en Segunda División A, pero explotó principalmente en el formato de la Copa del Rey. En ese espacio dejó en la cuneta a ilustres equipos vinculados a la Primera División como el Hércules, Real Sociedad, Athletic Club o Sporting de Gijón. Y su aventura no parecía tener un final aunque había que voltear a la lógica.

Los mandatarios levantinista fijaron el encuentro como media jornada económica lo que propició una suculenta taquilla. Después de un ejercicio con continuadas fluctuaciones, el grupo que entrenaba Pachín afrontó la cita relajado y con un poso de confianza tras garantizarse su estancia en la categoría de Plata la semana anterior tras un sobresaliente triunfo en el Estadio de Riazor ante el Deportivo de La Coruña. El partido no alcanzó la eternidad. Ni se recordará por sus argumentos. El desarrollo y evolución fue demasiado previsible. El Castilla estuvo más comedido que de costumbre sobre el verde quizás en un intento, a la postre vano, por economizar y administrar esfuerzos.

En ese sentido, fue un encuentro funcionarial en su desarrollo. De esta circunstancia supo aprovecharse el Levante para despedirse de su masa social con un triunfo que paliara las decepciones sufridas en el feudo de Orriols durante una campaña que se había planteado desde el objetivo prioritario de la consecución de la permanencia en el segundo peldaño del fútbol para tratar de acometer empresas de más calado en las siguientes e inmediatas temporadas, siempre con el universo lumínico de la máxima categoría cegando a sus mandatarios.  

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