El ascenso más rápido de la historia granota

Emilio Nadal

Una colérica tormenta, que asoló el tapiz del Nou Estadi, impidió a la escuadra granota debutar en la competición liguera en la epifanía del ejercicio 1972-1973 frente al Masnou. Una semana más tarde llegó el primer contratiempo en forma de sometimiento frente al Ciudadela (2-0). Sin embargo, los malos augurios, en el amanecer del campeonato de la regularidad, mudaron de raíz. Ni aquella severa derrota, que escoció verdaderamente y que no parecía sospecharse en tierras baleares, ni el diluvio con rayos y truenos, que devastó el verde del coliseo granota, desnortaron a un equipo que asido a la victoria, desde la tercera jornada de la Liga contra el Girona, encadenó cinco triunfos consecutivos que le elevaron a la espadaña de la clasificación en la séptima semana del curso. Y ya prácticamente nunca más se descabalgó de la cima de su grupo de la Tercera División marcando un ritmo infernal, que ninguno de sus perseguidores fue capaz de mantener, que le guio hasta las puertas del paraíso de la Segunda División cuando todavía restaban cinco partidos para la conclusión del ejercicio liguero.

Fue una temporada sideral en cuanto a su desarrollo, evolución y ejecución desde un prisma deportivo; un arquetipo de dominio y de conquista incuestionable por parte de los jugadores blaugranas. Un curso meteórico que proclamó al club granota primer campeón de las distintas Ligas de ámbito nacional. El Levante, dirigido desde el banquillo por José Juncosa, logró desafiar al tiempo, desde un prisma estrictamente físico, en aquella temporada para celebrar un ascenso a la categoría de Plata que se resistía desde los últimos años de la década de los sesenta. No obstante, todo comenzó con mucha anterioridad al punto álgido que significó el retorno a Segunda División. El eje de la cronología hay que situarlo a mediados del mes de julio de 1972. El sábado quince se celebró una comida oficial en un céntrico restaurante de la capital del Turia que reunió a lo más destacado del balompié valenciano, jugadores y periodistas afines al levantinismo. El equipo llevaba menos de una semana ejercitándose en agotadoras dobles sesiones para coger la forma y el fondo físico necesario.

Manuel Grau Torralba, a la sazón presidente del Levante, ofició el pistoletazo de salida de una campaña a la postre histórica. En aquel conclave se pronunció sin ambages, y sin sutilezas, la palabra ascenso y se presentó en exclusiva la primera edición del Trofeo Costa de Valencia que reuniría a la representación granota contra Nacional de Montevideo y Rapid de Bucarest. La mente de Manuel Grau Torralba marchaba a la velocidad del sonido en su cruzada por extender el nombre del Levante. El jerarca había cambiado el ciclismo por el balón redondo y el maillot amarillo por la camiseta con los colores azules y granas y tenía ganas de dejar su estela.

El mandatario trató de situar al Levante a la vanguardia de los equipos nacionales, pese a que competía en el umbral de la Tercera División. Una de sus máximas era contextualizar al Levante con el entorno de Valencia. En ese sentido, la elección del nombre del torneo no era secundaria. Ni una mera relación de caracteres entre el trofeo y la ciudad del Miguelete. Se trataba de posicionar al Levante en el corazón de la geografía que lo circundaba. Aquel verano fue pródigo en acontecimientos. Clandestino en el ámbito de la Tercera División, el desafío más inmediato era devolver a la entidad al cosmos del segundo escalafón del fútbol español. Y el club no escatimó esfuerzos para la consecución de la tesis defendida.

Procedentes del Espanyol, es decir con una dilatada experiencia en la elite, arribaron Galán y Martínez. Mas cambió la lluviosa Pontevedra por el soleado y plácido Mar Mediterráneo mientras que Ormaza se comprometió tras una estancia anterior en el Ceuta. No obstante, el fichaje estrella del curso fue Tatono. El defensor mudó la elástica del Valencia por la zamarreta del Levante. Y resistía la vieja guardia en la configuración de aquella plantilla con Mut y Calpe como máximos representantes. Aquel Levante modeló un grupo con una experiencia cuantificada. Había jugadores curtidos en mil batallas ilusionados con la posibilidad de escrutar nuevos horizontes. Salvador Mut ejercía como capitán de facto del colectivo, aunque su posicionamiento en la meta le impidió ceñirse el brazalete. Aquella fue una temporada repleta de contrastes para el arquero.

“Era el capitán del equipo y disfruté del ascenso aunque me retiré a la conclusión de la campaña. Tenía 35 años y estaba enorme, pero en algún momento tenía que llegar el final”, recuerda cuatro décadas después con un ápice de nostalgia. El regreso a Segunda División era la principal premisa marcada. Y los jugadores entendieron y aceptaron el rol que ostentaban. El Levante era una especie de rey Midas en el ecosistema de la Tercera División. Había calidad y músculo para dar forma al pensamiento estructurado por los rectores azulgranas sobre el campo. “El equipo se hizo para subir. Teníamos una plantilla fenomenal y muy compensada”.

Y los nombres se agolpan en su mente. “Antonio Calpe, Rodri, Miñes, Litri o Juano. Era un equipo muy experimentado. Había gente con muchos partidos en Primera”. José Juncosa ejercía de alquimista alojado en el interior del banquillo. Su hoja de servicio como jugador remontaba a los años cuarenta y cincuenta como futbolista del Espanyol o Atlético de Madrid. Era un fino extremo derecho de los que se pegaba a la cal para maniobrar desde allí. Como preparador había recorrido la Península Ibérica para recalar en Córdoba, Reus, Balaguer Tarragona, Jerez, Lérida o Pontevedra. Saboreó el éxito en la ciudad de la Mezquita. Al Córdoba lo instaló en Primera desde el foso de la Tercera División. Juncosa era un técnico de corte pragmático. Conocía el universo en el que se posicionaba. “Encontraremos equipos y campos donde hacer fútbol no será posible”, relató para la Hoja del Lunes en los días previos al inicio de la Liga.

Su discurso era toda una declaración formal de intenciones. Y quizás el mayor mérito del entrenador fue aclimatar a un grupo acostumbrado a empresas de más enjundia a la atmósfera cerrada y densa de la categoría. El Levante era el adversario por antonomasia; el equipo a batir. “Nosotros jugamos de manera práctica. En casa con el terreno de amplias dimensiones y bien sembrado podemos practicar un buen fútbol. Fuera cuando visitamos campos de tierra, excesivamente duros, y con ambientes adversos, pues todos anhelan vencer al líder, no nos queda otro remedio que jugar a lo práctico. Desarrollamos un juego poco vistoso, pero sumamente eficaz. La prueba son los numerosos positivos conquistados”, manifestó para El Mundo Deportivo apenas unas semanas antes de consumar la gloria ante el Lleida.

Durante aquel verano de 1972, con el epicentro de la atención deportiva en los Juegos Olímpicos de Munich, el equipo fue emitiendo señales luminosas. Nacional de Montevideo y Rapid de Bucarest presagiaron las posibilidades de un colectivo solvente. En aquel verano la inestabilidad social y política del país se podía mascar. Según una encuesta, el 40% de los solteros españoles se declaraban a favor del divorcio y el final de la Dictadura se podía presagiar. Los cambios eran inminentes. Franco no tardaría en separar la jefatura del Estado del Gobierno nombrando a Carrero Blanco como presidente del Gobierno. La fórmula se extinguía, pese a la disminución de los tecnócratas en el aparato gubernamental. Corrían aires de Fronda por todos los rincones de la Península Ibérica incluyendo a Portugal. El Régimen se desmoronaba. Los poemas musicados de la inigualable generación del 27 o de Antonio Machado anunciaban esas transformaciones políticas. 

Aquel bloque prosperó a partir de una inmaculada fiabilidad defensiva. Calpe, Tatono, Mut o Galán convirtieron al Levante en una muralla impenetrable para los atacantes rivales como acentúan los trece tantos encajados a la finalización del primer round de la competición. Y las noticias eran halagadoras en el otro extremo del campo. El bloque se caracterizaba por la facilidad para rasgar las redes contrarias. El hecho resalta al armazón tupido y compacto que se había logrado construir. El relato final resaltaba la condición de equipo más goleador y también el menos castigado en esa faceta de su grupo. El Levante conquistó el liderato en la séptima jornada tras vencer al Olímpico en La Murta (0-1).

La lucha era enconada junto al Lérida que le arrebató esa posición en la siguiente semana tras el pinchazo granota frente al Calella (2-1). Fue una situación efímera y transitoria. La goleada contra el Acero en Orriols (6-1) le devolvió a la cumbre en la tabla. Y la tendencia fue perenne. “Semáforo en verde para su recorrido por Tercera División”, destacó La Hoja del Lunes tras el triunfo ante el Menorca (1-2) en la jornada decimosegunda. El brillante triunfo se entendió como un golpe de jerarquía. Litri y Terol noquearon al tercer clasificado en un estadio repleto en una demostración de fortaleza. El Levante redujo al Vinaroz en el duelo que cerraba la primera vuelta.

Sus números eran realmente espectaculares. Con 29 puntos comandaba la clasificación alejando al Menorca, segundo en la tabla, a siete puntos. Y no hubo variaciones significativas en el capítulo definitivo. El triunfo ante el Olímpico en Valencia confirmó la energía y el vigor con el que afrontaban los pupilos de Juncosa cada confrontación sobre el verde. Su dominio era incuestionable como caudillo con 37 puntos por los 29 del Lérida. La victoria en Terrasa (0-2) compendió el recorrido ascendente del Levante. Era la jornada trigesimosegunda y la sociedad necesitaba un punto para completar el ascenso. La metáfora del triunfo quedó consumada ante el Lérida, un equipo con el que se batió por la primacía en la división en diversas etapas de la Liga.

El resultado fue aplastante (4-0). El lunes 23 de abril los aficionados granotas liberaron tensiones y la ansiedad que había generado la estancia en Tercera División en las últimas campañas. “El Levante se ha proclamado el primer campeón nacional de fútbol de categoría nacional. Matemáticamente ya es campeón y consecuentemente ha conquistado el ascenso a Segunda División. Lleva once puntos de ventaja al segundo cuando faltan cinco jornadas para finalizar el campeonato”, advertía El Mundo Deportivo en tono de panegírico. La felicidad rebosaba. Manuel Grau Torralba constataba este estado. “Nunca creí que fuera tanta la diferencia conseguida”, confirmó para la prensa local tras la materialización de reto.

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