Del desplazamiento de Francisco Catalán a Nyon al impulsivo mensaje de Juanlu

Emilio Nadal

La jornada se preveía histórica desde sus inicios. El calor africano de una mañana asfixiante del mes de agosto en Valencia lejos de debilitar las constantes vitales del levantinismo las activaba. Era una sensación extraña que parecía impregnarse. Una mezcla de temor a lo desconocido y de esperanza ante una perspectiva por descubrir. Prevalecía el orgullo y el amor por los colores en azul y grana. Francisco Catalán se desplazó hasta Nyon, sede del organismo de la UEFA, para seguir en directo las evoluciones del sorteo que iba a situar al Levante en el mapa del fútbol europeo por vez primera en su centenaria historia.

La sociedad azulgrana compartía espacio y contexto con parte de la nobleza más egregia del balompié del Viejo Continente. El presidente de la entidad granota capitalizó la secuencia que se desarrolló en la ciudad de Suiza. Las imágenes, en riguroso presente, del acto, emitidas por la web oficial de esta organización, certificaron el protagonismo que adquirió y, principalmente, la emoción que le embargó. Los detalles y cada una de las miradas lanzadas por el mandatario reflejaban la tremenda agitación que estremecía su espíritu y su corazón de raíz azulgrana.

En Valencia, a muchos kilómetros de distancia del epicentro futbolístico, una tremebunda sacudida recorría el espinazo dorsal de los seguidores granotas como si extrañamente pretendiera juguetear con sus vértebras. La utopía se desvanecía. La mañana amenazaba con la resolución definitiva de una gran duda, elevada prácticamente a la categoría de cartesiana porque parecía perpetuarse en el tiempo y no tener un desenlace; un enigma que parecía erosionar a la totalidad de los estamentos afines al equipo blaugrana desde mediados del mes de mayo de 2012 cuando el Levante se agarró a los goles de Ghezzal para desactivar y rendir al Athletic de Bilbao y conquistar la sexta plaza en la clasificación general en el marco de la Primera División.

La epopeya permitía proyectar al Levante hasta lugares recónditos. Las imágenes difuminadas que advertían del paso del Levante por la Liga Europea tomaron apariencia y consistencia. La información se fue completando conforme se sucedían las horas. Al filo del mediodía, el Levante  conocía el nombre de sus posibles rivales. El Estrella Roja como representante serbio, campeón de la Champions League en los albores de la década de los años noventa, y el Feyenoord de Holanda, otro adversario de enjundia, parecían los oponentes de mayor complejidad. El Levante desvelaba el escenario sobre el que concretar sus sueños europeos.

Su destino estaba estrechamente ligado a países como Serbia, Holanda, Dinamarca, Luxemburgo o Escocia. Un universo poliédrico con clubes de distinta estirpe  con los que competir. Y la buenaventura estableció una sinergia entre el Levante y el Motherwell, representante del fútbol escoces, un club originario de 1886 cuando los imaginarios del Glencairn F.C. y el Alpha F.C se fusionaron para gestar al equipo representativo de la ciudad administrativa del North Lanarkshire.

“La verdad es que ha sido un día diferente. No estamos acostumbrados a esto”, advertía Sergio Ballesteros con una sonrisa dibujada en el rostro minutos antes de que el equipo remprendiera la actividad en la Ciudad Deportiva de Buñol tras su estancia en Italia. El zaguero no se perdió ningún detalle del sorteo. “Lo seguí en directo por la web de la UEFA. Vi a Quico y conocí de primera mano a nuestro oponente”. No fue el único integrante de la plantilla que vivió un mediodía espacial pegado a la información que procedía de distintos medios de comunicación. Juanlu fue el encargado de trasladar el nombre del adversario al resto de sus compañeros de vestuario. “Cuando vi que nos había tocado el Motherwell envié un whatsaspp a todos”. Y había un mensaje inequívoco en cada uno de sus móviles. “Motherwell-Levante…ya estamos ahí!!! vamos cabrones…”

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