Pachín y mi camiseta del Levante

Emilio Nadal

Vuelvo a la carga con mi blog porque mi mujer es muy pesada y quiere que escriba. Así que si a alguien no le parece bien que le pida explicaciones a ella…

Ayer domingo en los minutos previos al partido entre el Levante y Osasuna se guardó un minuto de silencio por la memoria de Pachín, entrenador granota en tres etapas distintas entre finales de los setenta y mediados de los ochenta.  

Pachín falleció el pasado miércoles. Fue una noticia luctuosa para el levantinismo que me pilló en la hemeroteca de Valencia.

Hace años iba a la hemeroteca de Valencia en mis días libres.

Ahora forma parte del ritual de mi trabajo cotidiano al frente del Área de Patrimonio

Histórico del Levante. A veces trabajar significa dedicarte a algo que te apasiona.

La verdad es que siempre me cayó bien Pachín con ese gesto entre severo y condescendiente y esas patillas kilométricas y frondosas que caracterizaban su mirada.

Cuarenta años después de que formalizara su relación con el Levante como entrenador me pregunto si esa querencia que siempre he tenido a lucir patillas pobladas tendría algo que ver con su imagen.

Hay cosas que marcan, aunque, en un principio, no seas consciente de ese influjo.

No creo que fuera transgresor. En aquellos tiempos las patillas tamaño XXL estaban de moda.

Ya dijo el maestro Sabina que “al lugar dónde has sido feliz no deberías tratar de volver”.

No sé si puede ser contraproducente regresar a los tiempos de mi niñez. Es posible que magnifique lo que sucedió. Tampoco sé si a alguien le puede interesar.

Fue feliz. Sí fui feliz, aunque fuera del Levante y aunque en el colegio público San Sebastián de Rocafort, mi colegio, no hubiera nadie del Levante.

Y si lo había no era capaz de pregonarlo a los cuatro vientos.

Pachín evoca los días en que comenzaron a fijarse en mi mente todo tipo de recuerdos asociados al Levante.

Yo me hice del Levante porque un día fui al campo con mi tío y quedé hechizado. Quizás no había nada extraordinario en lo que vi. O quizás todo lo que vi fuera extraordinario. La magnitud de un impacto emocional es puramente personal.

Fue en la segunda mitad de los setenta.

Mi militancia granota no nació de un acto de rebeldía. Mi único motivo de rebeldía y también de amotinamiento era cuando mi madre me ponía lentejas para comer. Eso era como ir a la guerra. Y muchos años después aprendí a apreciarlas para disgusto de mi madre por las interminables batallas que mantuvimos en la mesa.

Mi madre siempre ha sido muy tenaz.

La rebeldía como granota llegó más tarde cuando sentí que el mundo conspiraba en mi contra en materia futbolística.

A veces pensaba que era el último granota sobre la tierra, aunque por fortuna había más. Pocos, pero resistentes.

El estreno de Pachín en el banquillo del Levante significó el regreso del equipo a Segunda División A.

Los setenta fueron duros.

El colectivo alternó entre la Segunda División y la Tercera. Y fue uno de los equipos instalados en la Segunda División B tras su instauración en el curso 1977-1978.

Pachín debutó en un choque ante Osasuna en el hoy Ciutat de València 2-1. Aunque barnizado por la niebla recuerdo que estuve presente en ese partido junto a mi padre.

Logramos remontar el gol inicial osasunista.

Nunca conocí personalmente a Pachín, aunque alguna vez hablé con él por teléfono. Los que le conocieron guardan un grato recuerdo de su estancia en el Levante. Aquel era un Levante de raíz Berlanguiana.

Todo podía suceder como acontecía en las películas del genio valenciano.

Sobrevivir en aquel ecosistema era harto complicado.

Pachín lo sintió en primera persona en su segunda temporada.

Imaginen la imagen.

El Levante vencía al Burgos en el Ciutat y se disponía a disfrutar de un merecido liderato en la categoría de Plata. Había que viajar en el tiempo para encontrar el rastro de un Levante autoritario en Segunda División.

Sin dilación los mandatarios granotas en la sala de prensa anunciaron con pompa que el Levante aspira a contratar a Johan Cruyff.

El partido todavía no se había desvanecido. Me puedo imaginar la euforia en la intimidad de aquel vestuario tras el triunfo y el resquemor que podía producir aquella noticia.

Aquel Levante de Pachín se comportaba sobre el campo como un ejército de hoplitas perfectamente ensamblado. Nadie sobresalía y todos despuntaban.

Eran soldados espartanos y sabían jugar al fútbol, una cuestión que se puso en entredicho con el aterrizaje de Cruyff y que aquellos jugadores, muchos años después, siguen reivindicando.

Había un sentido gremial que podía resquebrajarse.

Pachín lo sabía.

La debacle económica del club unió a aquella plantilla. Pachín saltó por los aires como entrenador tras una derrota ante el Alavés.

Cruyff no estuvo en ese partido.

La leyenda negra asocia esa decisión al criterio de Cruyff y a su ascendencia sobre los mandatarios.

Aznar ya había llegado a la presidencia.

Rifé, sustituto de Pachín, era amigo personal del astro holandés desde su etapa como futbolista del Barcelona.

Pachín caló en el levantinismo.

Y fue recurrente acudir a él durante los ochenta en tiempos de crisis.

Yo por entonces era ajeno a todas estas tribulaciones y contubernios. En realidad, lo único que quería es que cuando me lanzaba a conquistar el mundo con un balón de fútbol y mi camiseta azulgrana del Levante no me preguntaran si era del F.C. Barcelona.

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