Joaquín Tarín y el fútbol más salvaje

Emilio Nadal

Fútbol en estado salvaje.

Hubo un tiempo quizás no tan alejado de la memoria que para jugar al fútbol solo se necesitaba un balón, la emoción de alguien que se sintiera poderoso asociado al esférico, fuera o no uniformado, y un espacio físico que no necesariamente debía converger con los límites de un terreno de juego al uso.

No hay dudas la imagen es un prototipo. Condensa todas esas particularidades.

Hay un balón que surca el cielo, un tipo con traje y chaqueta que salta con pasión y con coraje para ejecutar el remate de cabeza de su vida y un escenario que, evidentemente, no es un campo de juego porque, en realidad, el fútbol es tan grande y resulta tan apasionante que para imaginar que eres una divinidad del balón no es necesario anclar las botas al verde, ni tan siquiera estar rodeado de una grada que delimite el espacio.

Si tienes una cierta edad sabrás sin duda de lo que te estoy hablando. En mi caso los mejores partidos no los jugué en un estadio. Los mejores goles tampoco los celebré con solemnidad en una portería. Los mejores partidos que recuerdo los jugábamos cada jornada en el parque de los columpios de Rocafort entre las doce y la una y media. De lunes a viernes. Era el horario marcado entre la salida del colegio y el instante en el que sonaba el reumático claxon del viejo Renault 8 que conducía mi padre.

La señal era inequívoca. Era una señal mortífera para mí. Mi padre era inmisericorde. No entendía de prórrogas. No había concesiones. Mi participación moría en ese punto. Y si el balón era mío se acababa el encuentro. Eso era algo que nadie ponía entre signos de interrogación. Era un dogma de fe. Lo sabían en Rocafort y en la Conchinchina. Ser el dueño del balón te revestía de poderes sobrenaturales sobre todo si el marcador era ajustado. Era como aplicar la Ley Marcial.

Pero volvamos a la foto. Hubo un tiempo, tampoco tan alejado, en que el fútbol fue patrimonio de la calle. Hubo un tiempo en que cualquier solar era susceptible de ser tomado como un campo de fútbol. Los rudimentos básicos de la disciplina del fútbol los conocías en las calles a través de la experimentación. Era algo así como prueba y error pegado a un balón.

En algunos casos era pura intuición. Veías que tu compañero se lanzaba en busca de aventuras y cubrías su espacio. No lo sabías, pero estabas haciendo una cobertura. El fútbol como la vida es puro instinto.

Por suerte conocemos la intrahistoria de esta foto. La imagen está tomada en Benicalap. Volvemos a la segunda mitad de los años sesenta. Benicalap tenía todavía la apariencia de pueblo.

El tipo que salta es Joaquín Tarín y la instantánea la inmortalizó Mari Carmen López, a la sazón su novia, con una cámara mega ultra moderna para la época que seguro todavía guardan. El escenario parece algo apocalíptico. Por el fondo surge un edificio esquelético como sacado de un contexto bélico. Aquella Valencia no es la Valencia que conocemos en la actualidad.

En realidad, todo queda en casa. Joaquín es mi suegro y Mari Carmen es mi suegra. Odio la palabra suegro/a por mal sonante y también por peyorativa, pero no voy a buscar subterfugios que me alejen del relato. Este es un ejemplo claro de que la relación con los padres de tu mujer no siempre tiene que ser aristada y repleta de conflictos. Es más; en este caso los puedes llegar a querer más que a tu propia mujer. Son buena gente.

A mí la foto me parece bestial. Rezuma fútbol.

Joaquín cabecea el balón como si tratara de meter el gol de la final de las finales. Seguro que imaginó, cuando tomó impulso, que la consecución del Mundial dependía de esa acción protagonizada por él. Detrás le esperaba la gloria, aunque la gloria es perpetuar esa foto. Es un homenaje al fútbol salvaje.

Joaquín fue futbolista. Más tarde pasó al foso para convertirse en entrenador. En realidad, siempre será futbolista y siempre será entrenador porque eso se lleva muy dentro de tu ser cuando lo has vivido.

Joaquín nació en Iniesta (Cuenca), pero fue hijo de los movimientos migratorios que despoblaron la España del interior durante la década de los cincuenta. En Valencia su familia encontró acomodo. Cuenta que desde que tiene uso de razón quedó hechizado por el fútbol.

Joaquín despuntó como juvenil en las filas del Gimnástico Patronato. Aquel equipo estaba vinculado al imaginario del Patronato de la Juventud Obrera. Jugaba sus partidos como local en las instalaciones que la congregación tenía en lo que hoy es la Estación de Autobuses de Valencia y la zona de Nuevo Centro.

Yo sé, porque me lo recuerda con frecuencia cuando paseamos, que una temporada fue máximo goleador de su equipo ejerciendo de delantero centro, aunque en realidad no era delantero centro como tal. También sé que una vez el mítico árbitro valenciano Félix Birigay le felicitó tras la consecución de un gol que marcó de cabeza. Joaquín no es muy alto, pero, en ocasiones, no hace falta ser un cíclope para someter a gigantes. Ya saben que al menos una vez David venció a Goliat. Por cierto, a los rivales no les sentó muy bien este cumplido del colegiado.

Lo sé de buena tinta ya que alguna vez me lo cuenta con orgullo.

El caso es que debió converger una buena camada en aquel equipo. Coll, Huertas, Martín Vila, entre otros… Joaquín me habla de ellos como si yo los hubiera conocido. Algunos tuvieron recorrido por el fútbol profesional. Otros no, pero no dejaron de practicar el fútbol. Los que jugaron con él afirman que era un buen futbolista. Comprometido en el campo, trataba bien el esférico y veía puerta.

No es un farol: el Levante UD quiso firmar a Joaquín. De hecho, él siempre dice de coña que jugó cinco minutos con la camiseta del Levante. Fue todo efímero, pero al menos ya jugó más tiempo que yo. Y tiene una foto que lo atestigua con los colores azulgranas. En los sesenta existía el derecho a retención, aunque estuvieras en edad juvenil, y el Gimnástico no le permitió pasar al feudo de Vallejo so pena de dejarlo excomulgado en la grada durante una temporada.

Cuando acabó su etapa juvenil tuvo una oferta del Díter Zafra. El hoy desaparecido club estaba vinculado a la empresa de motores extremeña Diter. Yo vi jugar al Díter Zafra contra el Levante en Segunda B en los años finales de los setenta.

Quizás fue su gran oportunidad o quizás no. Le ofrecían trabajo en la empresa y la firme posibilidad de acceder a una entidad histórica que le podría haber permitido promocionar en el alambicado mundo del fútbol. También le permitían flexibilidad para regresar a Valencia a ver a su familia.

El Díter Zafra era un abanderado de la Tercera cuando por encima solo se avistaba la categoría de Plata y Primera División. No obstante, en la España de fines de los sesenta uno no era dueño de su destino con 18 años. La mayoría de edad era a los 21 años. Quizás debió haber cogido a Mari y haberse largado a Extremadura que siempre fue tierra de conquistadores, pero no lo hizo.

Tras un breve paso por Gandia y por Ribarroja el fútbol le ofreció una segunda oportunidad. La empresa MACOSA lo fichó principalmente para mejorar su equipo. El fútbol era una especie de salvoconducto para acceder a estas empresas en los setenta. Danone, Turia, El Aguila, Macosa, Astilleros… todas estas compañías tenían un once muy competitivo. Saltaban chispas en aquellos campeonatos. En MACOSA tenía prebendas por su condición de futbolista. Tenían horas libres para entrenar y podía cambiar turnos.

Detrás de aquel futbolista versátil, ya que podía defender varias demarcaciones en el pasto, habitaba un entrenador. No tardó en comprobarlo cuando los años de fútbol en el verde marcharon. La lista de equipos es larga. Estuvo, entre otros, en Campillo de Altobuey, Burjassot, Ribarroja, Pego o Puebla Llarga. Dirigió la Escuela de Fútbol de Godella haciendo dupla con su hijo Ximo Tarín. Tocó la Tercera División en un momento en el que era una división semi-profesional. Por entonces había más posibles que en la actualidad desde un prisma económico.

Moisés Rodríguez, alter ego del Pájaro como utillero del Levante UD, siempre le recuerda que es el entrenador del mejor Ribarroja de la historia. Él sonríe cuando lo oye. Su rostro se ilumina. Aleccionado por Joaquín, el Ribarroja llegó a liderar el Grupo VI de Tercera División, un hecho sin parangón desde entonces. En Pego coleccionó semanas sin recibir un gol. Aquello mereció la atención de la prensa valenciana. El equipo cuando llegó emergió de las catacumbas.

José Gómez, hoy delegado del Levante, fue uno de los jugadores fetiche de Joaquín. Coincidieron en Ribarroja. Más que jugador y entrenador son amigos. Gómez le recuerda como un entrenador metódico y disciplinado que estaba muy por encima de la Tercera División.

Un día Joaquín me enseñó las programaciones de los equipos que entrenó. Lo guarda todo. Les juro que he coincidido con entrenadores de categorías superiores que no trabajaban más que él.  Joaquín como aconteció con la oferta del Díter Zafra pudo marchar a Ferrol con Carlos Simón. Quizás sus horizontes hubieran cambiado. No lo hizo, pero quizás tampoco le hiciera falta. Fue feliz entrenando. A veces le hablo en pasado como entrenador. Él hace una mueca y se enfada. Es verdad; será siempre entrenador.

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