Historias de amor en el Ciutat de València

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Ya les advierto que no soy excesivamente seguidor del día de San Valentín. Vamos que no lo celebro y que lo borraría del mapa si pudiera. Y también les advierto que hoy lunes, como sucede con la mayoría de los lunes de esta temporada deportiva, no tengo excesivas ganas de escribir del Levante.

A veces me da mucha pereza ponerme a escribir.

Huelga decir que también haría desaparecer los lunes del calendario para evitar mortificar mi alma maltrecha, pero como es propio e inherente a la condición humana incurrir en la contradicción y apelar a la incoherencia voy a incitar al amor en una jornada que me genera tanta tirria como rechazo.

Todo lo que les voy a narrar a continuación sucedió en el interior del Estadio Ciutat de Valencia en una pegajosa y metálica tarde de agosto de 2013.

Había fútbol, pero el fútbol aquella tarde quedó relegado a un segundo plano. Eva protagonizó un acto de amor que yo tildaría de superlativo.

En mi vida nadie había sido capaz de acudir al Ciutat de València para verme ex profeso.

Eva lo hizo, al menos una vez. No sé qué impulso le guio hasta el Ciutat. Hay cosas que es mejor no saber, pero lo cierto es que estaba en la Tribuna del feudo de Orriols mucho antes de que empezara el partido ante el Sevilla. Aquel duelo tenía miga. Los alicientes se multiplicaban.

Era el primer partido del curso 2013-2014 del Levante como local. Iborra volvía a Valencia nada más irse. Joaquín Caparrós se enfrentaba a su pasado como técnico. El encuentro medía la capacidad de recuperación de un colectivo herido tras el desastre del Camp Nou (7-0) y yo me la jugaba.

Quizás no haya nada peor que sentirse observado cuando no lo sabes. No es una contradicción, aunque lo parezca. Cualquier error puede ser fatal. Y yo soy propenso a cometer errores.

Eva se presentó en el feudo azulgrana dispuesta a personificarse ante mis ojos. Se quejaba de que ella me miraba y yo no la descubría. La contemplé sentada en la Tribuna nada más acceder al campo. Madrugó y había poca gente. Me extrañó verla. No era habitual del Ciutat. Cruzamos nuestras miradas.

Lo que ella no sabía era que ya le había echado el ojo en la Biblio durante el verano.

La Biblioteca era un Pub de Godella situada en la subida de la Ermita. Ava, nuestra adorable perra, ejerció de imán. Ava era entonces una bebita chalada empecinada en saludar a todo el mundo.

Una tarde Eva me abordó para decirme que esa perra iba a ser suya.

Eva siempre ha sido un poco descarada y algo gamberra. Me vigilaba y yo ni me había percatado.

El caso es que se presentó en el Ciutat para adquirir visibilidad. Supongo que a estas alturas del relata los granotas de raíz y los que hayan entrado más recientemente a formar parte de la comunidad azulgrana entenderán que me casara con ella apenas seis meses después. Fue un episodio conmovedor. No recuerdo si fui yo quien le pidió matrimonio. ¿O fue ella? Yo creo que fue ella, pero esa ya es otra historia.

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