El Ciutat, un estadio del siglo XXI

Emilio Nadal

Recuerdo que cuando era pequeño evaluábamos los colegios en función de las instalaciones de deportivas que tenían. Cuantos más campos de futbito o baloncesto tuvieran mejor nos parecía el colegio.

Era una especie de causa-efecto que se complementaba. No había dudas. No nos fijábamos en otro indicativo.

Nos la traía al pairo que los laboratorios fueran de última generación o que el APA participara activamente en la vida de la comunidad educativa. Nos daba igual que la proporción de aprobados fuera elevada. O que la mayoría de los estudiantes pasaran a BUP (Bachillerato Unificado Polivalente) porque en aquella época los listos iban a BUP y los que no lo tenían demasiado claro hacían FP (Formación Profesional). Al menos eso decían erróneamente. Con el tiempo descubrí que la mayoría de mis amigos que hicieron FP accedieron mucho antes que yo al mercado laboral, pero ese es otro cantar y no me quiero alejar del tema, aunque tenga propensión a hacerlo la mayoría de las veces.

Como decía un colegio molaba de verdad si alojaba en su interior un campo de futbito con sus líneas bien definidas y con sus dos porterías emergiendo a modo de fronteras que había que derribar.

Y si las porterías además tenían redes disponías de argumentos más que suficientes para pensar que estabas en el mejor colegio del mundo mundial. Las redes no eran secundarias en la batalla del fútbol. Te liberaban de luchas intestinas por culpa de los goles que no eran goles; los llamados goles fantasma.

Yo estudié en el colegio San Sebastián de Rocafort. Era un cuartel de la Guardia Civil reconvertido a centro educativo.

Cuando era más pequeño creo que todo era más sencillo. Los problemas no eran insalvables. Nosotros no teníamos ni campo de futbito, ni porterías. No tener campo no era un gran perjuicio. Lo imaginábamos y punto. Y las porterías las simulábamos con las sillas que utilizábamos en clase, pero salir al recreo era todo un desafío. Se acumulaba la faena. Había que salir con el bocadillo, el balón y las sillas. Como éramos muy precavidos los equipos los hacíamos antes.

Había que maximizar el tiempo porque los partidos duraban lo que duraban los recreos; 30 minutos de reloj. Ni un segundo más. Así que descubrimos que si en el minuto 25 ibas ganando tenías que matar el partido. El fútbol como forma de vida. Y valía todo. Desde simular una lesión para perder tiempo, hasta atrincherarnos entre las sillas para poner el autobús.

Había una opción más valiente: lanzarte al ataque para marcar más goles porque en el fútbol siempre gana el equipo que marca más goles. Es otra de sus máximas.

Y todo esto viene a cuento por un artículo que el otro día leí sobre la reforma del Ciutat titulado ‘De templo histórico de los 60 a estadio del S XXI: el impresionante campo del Levante’.

La verdad es que la mayor parte de mí vida ha pasado y pasa por el Ciutat.

Lo reconozco; soy un privilegiado. Pude observar las obras del Ciutat casi a diario. Son las consecuencias de trabajar en el Levante. Y la verdad es que no me canso de contemplar la imagen que transmite el templo azulgrana como resalta Carlos Ayats. Me encanta verlo sobre todo al anochecer cuando la gama de colores en azul y grana se funde con la cubierta que recorre la totalidad del recinto recreando el color azulgrana que caracteriza al Levante.

Es emocionante.

Lo cierto es que últimamente los clubes profesionales pueden definirse por el modelo de estadio que presentan. Es una evidencia que en la noche de los tiempos queda la idea de un reciento que se usa únicamente dos veces al mes, coincidiendo con los enfrentamientos ligueros como local. Hay que maximizar los espacios económica y socialmente. El Levante está modernizando su estadio. Lo hará en dos fases.

Es cierto que hay unas exigencias de la Liga que había que cumplimentar, pero lo es también que hay una decidida apuesta por una mejora de las infraestructuras que redundará en un aumento de la calidad y del nivel del espectáculo.

César Azcarate, arquitecto del estudio IDOM, encargado de la remodelación del Ciutat, señaló que el feudo de Orriols será “una referencia de los estadios europeos”. Palabras mayores.

Azcarate ha hecho un trabajo formidable, pero me gustaría tener un recuerdo para la figura de Juan José Estellés. Fue el arquitecto que alzó el Ciutat a finales de los años sesenta.

Estellés dejó una tarde deliciosa para el recuerdo en el Ciutat que él ideó. Fue con motivo de la celebración del 40 aniversario del coliseo levantinista. Fue en 2010. Frisaba los noventa años, pero con un discurso ágil y dinámico captó la atención del auditorio. Los jugadores de aquel Levante, que rompió con las leyes de la gravedad para volver a Primera unos meses después, esbozaron más de una sonrisa cuando recordaba cómo fue tomando forma tan emblemática instalación.

El arquitecto recuperó emociones que parecían olvidadas. Fue una exposición didáctica y pedagógica. Estellés viajó en el tiempo a la Valencia de finales de los años sesenta para poner voz a un proyecto que enfrentó a las distintas familias que componían el levantinismo desde que Antonio Román planteara la necesidad de edificar un nuevo estadio como relevo al mítico Vallejo. Fue en 1959.

Pero Estellés fue mucho más que el arquitecto del actual Ciutat.

Formado en la Institución Libre de Enseñanza, quizás al calor del krausismo se conformó su espíritu crítico. Se tituló en la Escuela de Arquitectura de Barcelona y conoció las vicisitudes del primer franquismo. Fue profesor de la Escuela de Arquitectura de Valencia y miembro del Grupo Parpalló. Su interés por la arquitectura de vanguardia se materializó en toda su obra.

Alzó el Ciutat, pero su productividad fue mayor. Su rubrica está presente en edificios tales como la Confederación Hidrográfica del Júcar en Blasco Ibáñez, el Centro de Rehabilitación de Levante o la Antigua Escuela de Comercio, convertida en la actualidad en sede de la Biblioteca de Humanidades de la Universitat de Valencia.

Si tuviera que enfatizar algún aspecto de la obra del Ciutat resaltaría el notable dominio de los espacios que consiguió Estellés. Desde cualquier emplazamiento del campo se puede seguir la evolución de cada partido de forma más que óptima. Da igual que estés esquinado, en el fondo de Orriols o en la parte central de la Tribuna. Ya les digo que no es un hecho común a todos los estadios. Estellés supo descifrar esa cuestión espacial con brillantez.       

No les voy a contar cómo es el estadio. Supongo que habrán visto fotos y los partidos del Levante por la televisión. De todas formas, considero que esa es una percepción personal e intransferible que cada aficionado granota deberá experimentar en primera persona cuando esta maldita pandemia permita recobrar la normalidad del fútbol porque la normalidad en el fútbol para por celebrar cada gol con el corazón elevando un grito al cielo y abrazando al aficionado que tengas al lado independientemente de que sea tu amigo o un desconocido.

El fútbol dimensiona el principio de complicidad. Ya les digo que van a alucinar cuando accedan al Ciutat.

Una vez cuando era pequeño pasé con mi madre por Primado Reig y vi el campus de la Universidad Literaria.

Flipé porque se perdía mi vista y no abastaba la totalidad de las instalaciones que tenía. No podía contar con los dedos de mi mano todo lo que albergaba. La Universidad Literaria molaba. Y mucho.

Muchos años después estudié historia y fui un habitual del campus de la Universidad Literaria. Entonces ya había perdido la inocencia. Conforme vas creciendo pierdes esa capacidad para el hechizo que genera la sorpresa, pero estoy seguro que si un jovencito pasa con sus padres por la Avenida Hermanos Machado caerá rendido ante los encantos del Ciutat. Sobre todo, si pasa anocheciendo.

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