Antonio Calpe que estás en los cielos

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Os voy a contar una cosa que guardaré siempre en mi memoria.

Un día jugué a fútbol contra Antonio Calpe. Sí. Es cierto.

Lo escribí en Las Provincias y no me voy a extender, pero os advierto que fue una experiencia que jamás, jamás, jamás olvidaré. Estaba enfrente de una de las leyendas granotas.  

Quizás Antonio Calpe nunca fuera consciente de la dimensión y del alcance que su figura tenía para el levantinismo. Siempre fue discreto y reservado. Prefirió moverse entre bambalinas, pero lo cierto es que tenía reservado un espacio sagrado en el panteón de los mitos granotas.

Quizás su fallecimiento confirme esta hipótesis. La respuesta concitada desde todos los sectores afines a la entidad azulgrana certifica el enorme respeto que se había granjeado.

Quizás habría que realizar una aseveración.

Calpe ya había conquistado la eternidad mucho antes de partir. Calpe siempre fue inmortal. Quizás desde la misma noche de los tiempos.

Calpe trasciende. Fue mucho más que un jugador que defendió la camiseta azulgrana en 225 partidos oficiales en dos etapas distanciadas en el tiempo.

Fue mucho más que uno de los legendarios que conformaron el once que conquistó la Primera División en una tarde de la primavera de 1963.

Fue mucho más que un futbolista que decidió alistarse de nuevo en el Levante después de una etapa fructífera y repleta de títulos en las filas del Real Madrid.

Fue mucho más que un ejemplo de complicidad, respeto y reverencia por unos colores.

Fue mucho más que cualquier argumento de índole futbolística que pudiéramos buscar para acentuar una trayectoria superlativa.

Quizás la razón a esa afirmación haya que buscarla en el significado que adquiere el clan Calpe desde un prisma global. La historia del Levante es la historia de una saga que permite enhebrar el relato de una sociedad demasiado acostumbrada a reinventarse en tiempos de crisis. Y las recesiones se sucedieron. La secuencia se inicia en el Grao para acabar en Orriols.

El paso es profundo, pero la huella de los Calpe es perceptible. De la final de la Copa España Libre, al ansiado ascenso a Primera en los sesenta, incluyendo un duelo tenebroso ante el Nàstic de Tarragona, en el nacimiento de los setenta, o el primer ascenso que festejó el hoy Ciutat de València durante la temporada 1972-1973.

La historia es recurrente. No hay nada que no se sepa. Una cuestión diferente es la interpretación.

Siempre hay un Calpe en esa línea trazada. No hay ejemplos de tal impronta en el fútbol. Es difícil encontrar una prole con tanto ascendente en momentos tan determinantes en la narración histórica de cualquier club. Quizás el Levante sea un caso singular. Ernesto Calpe, padre, Antonio Calpe y Ernesto Calpe, hijo, se convierten en gozne sobre el que gira toda una vida desde una perspectiva futbolística.

La edad de oro del Levante FC de preguerra, la alambicada fusión con el Gimnástico tras la Guerra Civil, el efímero paso por la elite, el miedo a la desaparición tras la construcción del Ciutat o el Levante de los años ochenta y noventa podría explicarse desde la óptica de uno de los miembros de esta mítica estirpe.

Se ha escrito mucho sobre la trayectoria de Antonio Calpe. No había dudas de la pasión indómita que sentía por el Levante, pero tuvo que emigrar al Alcoyano para formarse como jugador profesional tras ser ninguneado en su etapa juvenil. Después de tres temporadas excelsas en el Viejo Collao, aterrizó en Vallejo para ponerse la camiseta que amaba, aunque todo pudo mudar si se hubiera comprometido con el Elche (las conversaciones estaban más que avanzadas) o hubiera aceptado las proposiciones procedentes del Valencia CF.

Huelga significar que esa decisión podría haber acarreado un cisma familiar de proporciones bíblicas.

Del Levante marchó al Real Madrid para arreglar la caja de caudales granota tras el descenso a Segunda. Fue en el verano de 1965. En el período estival de 1971 sorprendió a sus compañeros madridistas al anunciarles su regreso inminente al Levante. La incertidumbre ahogaba al club granota, pero no hay argumentos de calado cuando decides guiarte por las emociones. La razón y la fe son refractarias.

Tuve la suerte de conocer a Antonio Calpe en el arranque del tercer milenio. Cuando apenas había entrado en la veintena lo veía salir del Ciutat después de los partidos oficiales. Cogía su Saab 900 y se marchaba. Yo pensaba que era elegante hasta para escoger el modelo de su coche porque Calpe fue un futbolista distinguido y pionero. Fue un precursor. Jugaba como Dios proyectándose desde la retaguardia. Entonces ya no corría la banda. Era un todo terreno capaz de bajar al banquillo en tiempos de tensión, aceptar el cargo de segundo entrenador o formar parte de la secretaría técnica. Su comportamiento y su implicación en cada una de esas esferas era intachable.

Un día me planté en las antiguas oficinas del Levante para solicitar una entrevista con él y con su hermano Ernesto. A veces la osadía te lleva al atrevimiento. Yo llevaba un sinfín de fotocopias que testimoniaban el paso del Levante F.C. por la Copa España Libre.

Hubo un tiempo que me atormentaba aquella historia. Quería conocer todo cuando todavía no conocía casi nada, pero estaba avanzando. La secuencia de los partidos y la final ya estaba fijada. La prensa valenciana contemporánea resolvió una de las dudas iniciales que carcomían mi alma.

Aquellas reuniones se repitieron. Disfruté escuchando las reflexiones de los dos hermanos. Sus miradas brillaban cuando ponían palabras a los recuerdos que su progenitor les había transmitido sobre aquel torneo. Yo trataba de poner forma a todo lo que escuchaba. Fui creando mis propias imágenes a través de sus pensamientos.

Por aquellos días entendí que Ernesto Calpe, padre, debió considerarse campeón, aunque aquella historia se desvaneciera por motivos políticos y por el olvido que genera el paso del tiempo.

Había evidentemente un Calpe futbolero, pero habitaban muchos Calpes en su interior.

Había un Calpe al que le cautivaba el cine, el teatro y la música.

También había un Calpe comprometido, desde un prisma político, como demostró cuando desafió al Caudillo en una recepción con el Real Madrid ye-ye. No apareció por el Pardo.

Y había un Calpe aventurero. No siempre todo se puede contar.

En 2010 ingresé en el Levante. Exprimíamos a Calpe cada vez que se acercaba al Ciutat. Siempre había alguna excusa para robarle unos minutos y grabarle. Cuando se soltaba era un excelente conversador. A mí me gustaba cuando acentuaba sus pensamientos arrastrando y reforzando cada silaba pronunciada con un punto de furia. Entonces su rictus cambiaba para dibujar una mueca que colindaba con el coraje. Imaginaba ese ímpetu aguerrido que traslucía trasladado al interior del verde. Fue un futbolista racial porque era un tipo racial. Entiendo que vivió el fútbol como vivía su vida.

La última vez que lo vi no me atreví a acercarme a él. El motivo fue el homenaje tributado por la Asociación de Ex Futbolistas del Levante. Esa tarde creo que entendí que nunca más volvería a verlo. Prefería quedarme con el recuerdo de aquel Calpe atrevido y enérgico que te seducía. Aquel Calpe siempre será inmortal para el levantinismo.    

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